Espacialidad, cultura y religiosidad

Esta línea de trabajo explora tanto los fijos como los flujos religiosos en distintos espacios, advirtiendo el rol que juega la cultura como productora de la espacialidad. Así, los paisajes religiosos y su configuración dan cuenta —y son testigos— de procesos sociales, políticos, económicos y culturales que los exceden. Imposible disociarlos el uno del otro, imposible pensar la espacialidad religiosa al margen de estas categorías. Por eso el desafío de esta línea de trabajo es integrarlos, complejizarlos y leer esa cartografía inestable de lo sagrado que se nos presenta en nuestros trayectos cotidianos, en nuestros paisajes de todos los días. Hacia allí marcha el abordaje espacial del fenómeno religioso, redefiniendo conceptos, traspolando esquemas teóricos y metodológicos, y siempre abierto al diálogo con otras disciplinas y otros saberes.

Espacialidad, cultura y movilidad

El fenómeno de la movilidad espacial es un componente que ha estado presente tempranamente en los estudios de corte espacial, y especialmente en la geografía. Sin embargo, su abordaje se ha limitado a algunos desplazamientos en particular (como el caso de las migraciones) y de manera muy escueta. En este caso, entendemos a la movilidad como una relación social mediada por la cultura, que implica prácticas espaciales que conjugan deseos, expectativas y necesidades de desplazamiento (que en conjunto pueden definirse como requerimientos de movilidad) y capacidades de satisfacerlos (Gutiérrez, 2009). De su interacción resultan las condiciones de accesibilidad de los sujetos y grupos sociales, sea de sí mismos o de sus bienes. Es interesante interrogarse acerca del objeto de esa relación social, entre quiénes se establece, cuáles son las mediaciones técnicas necesarias para su concreción, cómo se limita el ejercicio de la misma a partir de condicionantes sociales, culturales y técnicos, qué nivel de coerción y de libertad de elección tienen los sujetos involucrados en esa relación y el contexto socio-espacial más amplio en el que se lleva a cabo la movilidad.

Espacialidad, cultura y ambiente

Las perspectivas ambientales han sumado el abordaje cultural como una posibilidad de enriquecer el conjunto de variables que explican las relaciones entre las sociedades y sus ambientes. Los ambientes además de ser producciones materiales, sociales e históricas son resultados de las apropiaciones simbólicas que los sujetos y grupos construyen en torno a ellos, por ello el modelo de abordaje debe ser crítico, relacional y debe contemplar todos los aspectos que configuran la(s) espacialidad (es). Entender las nuevas problemáticas ambientales y espaciales exige no perder de vista la sociedad y la cultura, con todas las dinámicas que esto implica, y que son resultado de las políticas económicas, de los procesos tecnológicos, de las tramas sociales y culturales y del contexto histórico-geográfico en el cual se enmarcan.

Espacialidad, cultura y memoria

Esta línea de trabajo se apoya en los estudios espaciales de la memoria. En este sentido, las luchas, las prácticas y las acciones puestas en juego para dar respuesta a los dilemas y consecuencias que esas experiencias traumáticas generaron, alejaron la posibilidad de enfocar los estudios sobre memoria desde una perspectiva unívoca, abriendo el camino para el análisis de memorias múltiples y complejas. Del mismo modo, los “trabajos de la memoria” resultaron constitutivos de las iniciativas y acciones llevadas adelante por actores e instituciones que respondieron de diversos modos a los legados recibidos. Los lugares y sitios de memoria, las marcas territoriales impuestas en el espacio público, los monumentos y memoriales, así como también los espacios de las ciudades donde grupos y sujetos deciden anclar los procesos de memorialización, son algunos de los objetos que interesa a este abordaje, considerando que ante todo, la memoria tiene una expresión fuertemente territorial.